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BREVE RESEÑA |
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Respuestas a una encuesta: ¿Qué le diría a un (joven) investigador?
Los ruidos y sus ecos
Según el profesor Finberg 1, el historiador parroquial necesita madurez, lecturas amplias, mucha simpatía y piernas robustas. Por madurez entiende una larga y surtida experiencia entre los hombtres, un buen equipaje de vivencias. Como lecturas recomienda, aparte de otras, las de libros de historia nacional e internacional. La simpatía que exige es por aquello de que sólo lo semejante conoce a lo semejante, y aquello otro de que sólo se conoce bien lo que se ama. La exigencia de las piernas robustas alude a la necesidad que tiene el historiador pueblerino de recorrer a pie, una y otra vez, la sede de su asunto, y de visitar personalmente al mayor número de parroquianos. Antes de conocer la receta del profesor Finberg tuve la suerte de ponerla, en alguna forma, en práctica. Sin proponérmelo he cumplido los cuarenta y dos años de edad y he andado metido, de grado o por fuerza, en varios ambientes y pocos empleos. Durante cinco años impartí un curso de historia de la cultura y para desempeñarlo pasablemente tuve que leer varias historias de la humanidad. También he sido solicitado algunas veces para la enseñanza de la historia general en México y he leído bastante sobre el asunto. Antes de emprender la presente investigación conocía a poquísimos tratadistas de la historia local, y todos ellos de la vieja ola. Durante la búsqueda frecuenté a otros, pero no (y lo lamento) a los tratadistas contemporáneos, a los grandes maestros franceses, ingleses y norteamericanos. Alejado de bibbliotecas y librerías y muy metido en mi agujero, no tuve oportunidad de conocer las nuevas corrientes de microhistoriografía que me hubieran permitido corregir el conocimiento de las visiones panorámicas y además estar a la moda en lo que a historia parroquial se refiere. En algo pude suplir la falta de cultura previa con mi miopía natural. Me gustan las nimiedades, me regocijan los pormenores despreciados por los grandes espíritus, tengo la costumbre de ver y complacerme en pequeñeces invisibles para los dotados con alas y ojos de águila. El ser peatón y miope por naturaleza supongo que me lo tomaría a bien el profesor Finberg. Practiqué caminatas a pie y a caballo, recorrí en todas direcciones la tierra donde crece la historia que cuento; conversé, como ya lo dije, con la gente del campo y el pueblo. La ocurrencia de escribir esta historia nació durante el año sabático concedido por El Colegio de México en 1967. Tuve siete meses para explorar los archivos, leer las obras que me pudieran ser inmediatamente útiles, visitar a una de las rancherías de la Tenencia de San José, platicar con la gente, ver con los ojos abiertos lo más posible y oír los ruidos y sus ecos.
Luis González Prólogo a Pueblo en vilo, El Colegio de México, 1968. 1- Finberg, H.P.R., Approaches to history . |
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